A partir del próximo año escolar, nuestro colegio contará con la presencia del señor Juan David Roa De La Torre como vicerrector de la institución.

Juan David es egresado del Colegio Clermont, Psicólogo, Magíster en Psicología, Especialista en Docencia Universitaria y Doctorando en Educación y Sociedad. Cuenta con amplia trayectoria trabajando en instituciones de educación media y de educación superior en cargos tanto administrativos como docentes.

El pasado 13 de junio, durante la clausura del año escolar 2017 – 2018, se presentó ante la comunidad educativa con un emotivo discurso, estas fueron sus palabras:

Buenos días,

Soy Clermont desde que nací, y lo soy, gracias a la visión de tres personas que hicieron posible la consecución de un sueño, el de darle estructura a un Colegio tendiente hacia la búsqueda de una educación con sentido. Por ello, sea ésta una importante ocasión para rendirle homenaje a Marcela De La Torre, a Beatriz Londoño y a Mauricio Roa por toda una vida dedicada a la proyección y promoción de una educación de calidad; y a la configuración de un colectivo que, en tanto Clermont, es consciente de su co-responsabilidad para hacer del mundo, un mejor lugar para todos.

Me refiero entonces a la puesta en marcha hace ya casi 36 años de un proyecto educativo que con el tiempo y en función de las exigencias contextuales ha ido evolucionando, y lo ha hecho, sin perder de vista la importancia de mantenerse vigente y pertinente.

Lo anterior sugiere permanecer actualizado en torno a los avances presentes y futuros que abarca el acto educativo en los terrenos local, nacional y global. Pero también, significa que todo aquello que se proyecta, se estructura y que a través del PEI se materializa, sea de utilidad para el estudiantado, permitiéndole el desarrollo de competencias para la vida.

Educarse en el Clermont no significa educarse perfecto, sino más bien, es asumirse como persona, con luces y sombras, con fortalezas y debilidades, con virtudes y equivocaciones. Ser estudiante del Clermont es optar por la vida, es tener consciencia social, es asumirse responsable por un mundo equitativo y justo. También, es aportarle al planeta a través de la innovación y el emprendimiento sostenibles, es ser democrático aceptando la diferencia y es exaltar la inminencia de un espíritu incluyente.

Esa es la mayor de las búsquedas, la consecución de seres humanos compasivos e integrales, capaces de transformarse y de transformar su entorno.

Durante 14 años de mi vida recibí una educación equilibrada, garante de una formación humanista y académica de excelencia, que me ha permitido desenvolverme en diferentes ámbitos de mi vida: Me refiero a los ámbitos familiar, social, académico y laboral.

La familia fue, es y siempre será la estructura social más importante. Es aquella donde las relaciones se tramitan a través del genuino afecto y en efecto, se constituye en la mayor garante del equilibrio para la creación y recreación de la estructura de la personalidad y de la formación del carácter.

Tengo la fortuna de haber crecido en el seno de una familia de padres amorosos, honestos y compasivos, que me enseñaron que todo es posible, lo que no implica que sea gratuito. Me guiaron hacia el encuentro conmigo mismo; y en el camino, aprendí a ser un buen miembro de familia, traduciéndose ello en la posibilidad de ser hoy un hijo agradecido que honra a sus padres, un hermano que admira y celebra los triunfos de su hermana, un buen esposo que ama profundamente a su mujer y un padre enamorado de su hija, mi hermosa Luciana.

En el Clermont conocí a quienes son en la actualidad mis mejores amigos. Pero antes de serlo, fuimos comprendiendo el valor de la diferencia, tuvimos encuentros y desencuentros, disputas y rupturas. Fue un contexto bastante favorecedor para la creación de consciencia sobre las diversas formas de ser persona en un mundo cada vez más globalizado y multifacético. Nos fuimos conociendo, nos fuimos aceptando, hasta ser capaces de comprometernos con la construcción de una colectividad, que más allá de las subjetividades aisladas, le dio vía libre a una concepción abarcadora de una humanidad interdependiente y sistémica.

Un exalumno del Colegio Clermont, y se los digo con conocimiento de causa, se caracteriza por ser altamente competente tanto en la academia como en el contexto profesional-laboral. Nos enseñaron a ser constantes, a esforzarnos de manera sostenida, pero, sobre todo, a desarrollar un espíritu crítico mediado por reflexiones muy cimentadas en la dialógica socrática. Somos cuestionadores por excelencia, indagadores y constructores. Sabemos trabajar en equipo, somos comprometidos y tenemos un alto sentido de la responsabilidad.

Nos inquieta la búsqueda del nuevo conocimiento, pero no por el conocimiento per sé, sino por la manera en la que, a través del mismo, podemos ofrecer bálsamos a una humanidad herida; mecanismos resilientes a personas que han caído, o, en otras palabras, utilizamos la construcción del nuevo conocimiento para la transformación social en procura de un mundo mejor para todos.

Así mismo, quiero reconocer y agradecer el trabajo de quienes han asumido la gerencia y la rectoría del Colegio en los últimos años, Juan Alberto Grillo y Aida Rivera, por su gestión para que el Clermont se mantenga posicionado como una institución educativa altamente cualificada, manteniendo los lineamientos y principios filosóficos a partir de los cuales fue fundada.

No puedo dejar de mencionar a todas y cada una de las personas que, a través de su quehacer cotidiano en las secretarías, servicios generales y demás dependencias, han contribuido y colaborado para el bienestar colectivo.

Ahora, en tanto que el motor de los procesos de la enseñanza y del aprendizaje es el docente, cierro indicando que mis profesores, algunos de los cuales aún hoy nos acompañan, además de introducirme en las diferentes disciplinas o áreas del conocimiento, fueron el mejor de los ejemplos en el sentido de enseñarme a ser responsable, a ser autónomo y a comprender el valor de la paciencia.

Son nuestros profesores quienes motivan y movilizan el acto educativo, y son quienes se entregan por completo para ayudarnos a sortear los ires y venires de los complejos procesos vividos durante las etapas de la infancia y de la adolescencia. En ese sentido son héroes y, en consecuencia, merecen nuestro reconocimiento y más genuina gratitud.

Así que soy Clermont desde que nací, y hoy regreso a casa para retribuir todo aquello que recibí. Pero esta vez, con un absoluto compromiso en función del desarrollo integral de sus hijos, pues son ellos, la generación de la nueva esperanza.

Muchas gracias.

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