Por qué quiero a mis maestros:
Pensaba en las muchas cosas que he aprendido a hacer durante mi vida y en todas, sin excepción, siempre ha existido una persona que me ha enseñado, que me ha mostrado el camino, que despacito me ha indicado como es la vida, que me ha guiado y que pacientemente ha confiado en mí. Sí, son muchas personas, pero todas ellas las puedo simplificar en un nombre, en un rótulo que muchas veces lo miramos indiferente, otras con desconfianza, pero que ya es hora que valoremos por que sin él o ella no seríamos lo que hoy en día hemos podido ser, hablo de mi maestro, de mi profesor, de mi maestra, de mi profesora.
¿Qué sería de nosotros sin los maestros? Cuando nacimos éramos completamente dependientes y necesitamos a toda hora a nuestra mamá para comer, vestirnos, estar limpios y calientitos, sentirnos seguros, vernos amados y empezar a confiar en nosotros mismos. Ella fue nuestra primera maestra y él -nuestro padre- nuestro segundo maestro. A ellos dos les debemos la vida y mucho más que eso. Un día me dí cuenta que ya era hora de darles el valor que para mí tenían y decidí colocarlos en mi altar y volver a verlos como dioses, como cuando era niño, porque eso son la madre y el padre, imágenes arquetipicas de la maternidad y la paternidad sin las cuales sería totalmente imposible que el mundo existiese. Allí están pues, ella todavía viva y él ya muerto, pero les honro por todo lo que fueron y me dieron.
Intentando encontrar maestros como decía anteriormente, ví que todos los seres con quienes me he encontrado de alguna manera lo han sido. Incluso los que me maltrataron y me hiceron la vida imposible, también de ellos aprendí lo que nunca yo haría con un niño: compararlo con otro, burlármele de sus mapas de geografía, aprovechar mi poder e intimidar con mis palabras, pavonearme y sentirme más importante que los otros, menospreciar a los que siente por debajo de mí, tal vez de estos seres aprendí lo que yo nunca haría, porque yo sufrí y ví también a mis compañeros de colegio y de universidad sufrir por ellos.
Pero también tuve magníficas madres y padres sustitutos en mi primaria, Don Alfonso Jaramillo por ejemplo el dueño del colegio que lleva su nombre, los grandes lo llamaban “Donald”, don Alfonso me enseñó la humildad, él era el que vendía en la tienda, pero también era el rector, y el recreo era para él su forma de conocer a todos los niños y los niños lo amábamos, era un segundo padre para mi, en ese entonces yo era chiquito, le recuerdo con cariño y no olvido las crispetas acarameladas… También recuerdo a Don Pablo, mi profesor de música, él me enseñaba a cantar sentado en su piano mientras que los niños le seguíamos. También hay un lugar en mi corazón para mi profe de sociales el profesor Castañeda que hace muy poco murió, y para Luis Guillermo el jefe de grupo de quinto grado, era un tipo increíble que estaba siempre muy cerca de nosotros y nos apoyaba, nos escuchaba y nos quería.
Después pasé a la universidad y allí me encontré con José Bernardo Toro, mi profesor de lógica matemática y yo “tan malo para los números” pude sacar cinco en los dos parciales y en el final. ¿Qué hizo mi profesor para que yo, un joven con tan poca habilidad matemática hubiese podido llegar tan lejos? Bueno, simplemente le admiraba, y eso hacía que yo me le dedicara a la materia, mi identificación con él era grande, su clase era extraordinaria, teníamos que llegar a tiempo porque el salón se atestaba de chicos de otras materias y cursos, y sólo los primeros que llegaban podían sentarse. El salón siempre tenía el doble de los alumnos esperados, tal vez de voz a voz corría el chisme de la clase de Lógica y todos llegaba para escucharlo y admirarse, e identificarse con un hombre inteligente y de buen corazón.
También me llega a la mente, Guillermo Mora, mi editor en Mc GrawHill, un hombre extraordinariamente sencillo y simpático que me hizo revisar mi ortografía, mi gramática y mi redacción para que mis libros se vendiesen bien. Y en mis clases de psicoterapia transpersonal me encontré tantos y tan excelentes maestros que prefiero no listar sus nombres porque no quisiera que me faltara alguno, pero son muchos, la verdad todos.
Campos diferentes, maestros en cada esquina de mi vida, a todos ellos gracias. No he mencionado el tema espiritual, allí no podría parar de escribir, mencionemos sólo a Jorge Julio Mejía un pilar para mi difícil adolescencia, Oscar Cabanillas un hombre de un corazón inimagibable con quien empecé a indagar en mi inconsciente y a muchos Lamas y profesores del Budismo Tibetano.
Me faltan tres muy importantes: Marcela, Juan David y Paula Alejandra con quienes hemos compartido tantos años de vida, momento de inmensa alegría y algunos pequeños ratos de tristeza. De ustedes tres he aprendido a Amar y a ir más allá de mí mismo.
Bueno, he querido escribir este para honrar a todos mis maestros, si tú has leído este artículo, y hemos tenido antes oportunidad de compartir los dos, estoy seguro que he aprendido algo de tí independientemente de tu edad, y por eso te reconozco como mi maestro o mi maestra, y te agradezco por haberme enseñado lo que sea que me enseñaste.
Un beso para todos estos lectores.
Choqui 2007